Declaración de Fe

Comunidad Cristiana Laguna Larga · Actualizada el 12 de octubre de 2026

Preámbulo

Creemos que las Sagradas Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento son la Palabra de Dios y la única regla infalible de fe y de vida (2 Ti 3:16-17). Comunidad Cristiana Laguna Larga confiesa esa fe junto con la iglesia de todos los siglos, y reconoce en los credos de Nicea y de Calcedonia una expresión fiel de lo que la Escritura enseña sobre Dios y sobre Cristo.

Reconocemos también en la Confesión Bautista de Fe de Londres de 1689 una expresión fiel, en lo sustancial, de lo que la Escritura enseña, y la tenemos como guía subordinada a la Palabra de Dios. Ninguna confesión es autoridad en sí misma: sirve para defender la verdad, confirmar a los creyentes en la fe y edificarlos en la piedad (Jud 3).

Esta declaración expresa la fe de nuestra congregación. La Parte I recoge lo que confesamos como iglesia. La Parte II expone posiciones de enseñanza pastoral que no son condición de membresía. Las referencias bíblicas siguen la Nueva Biblia de las Américas (NBLA).



Parte I. Confesión de fe

1. Las Sagradas Escrituras

Creemos que la Biblia, los sesenta y seis libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, es la Palabra de Dios escrita, inspirada por el Espíritu Santo, inerrante en los originales y la única regla infalible de fe y de vida. La Escritura es suficiente: contiene todo lo que necesitamos para la salvación, la piedad y el servicio, y nada ha de añadirse a ella (2 Ti 3:16-17; 2 P 1:20-21; Ap 22:18-19). El Espíritu Santo no da hoy nueva revelación: ilumina a los creyentes para entender la Palabra ya escrita. Esa suficiencia alcanza también al cuidado de las almas: la Escritura basta para aconsejar y guiar a las personas en sus problemas espirituales y existenciales (2 P 1:3; Sal 19:7-11).

Negamos que existan hoy apóstoles y profetas, y que Dios siga dando nueva revelación mediante profecías, visiones o palabras de conocimiento. Negamos que la psicología sea autoridad sobre el alma humana o pueda reemplazar a la Palabra de Dios.

Cf. 1689, cap. 1.

2. Dios y la Santísima Trinidad

Creemos que hay un solo Dios vivo y verdadero, infinito en ser y perfecciones, espíritu purísimo, invisible, inmutable, eterno, todopoderoso, omnisciente, santo, justo y lleno de amor (Dt 6:4; Is 40:28; Éx 34:6-7). En la unidad de la Deidad hay tres personas de una misma sustancia, poder y eternidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, iguales en gloria. El Padre no es engendrado ni procede de nadie; el Hijo es eternamente engendrado del Padre; el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo (Mt 28:19; Jn 1:1-3; 15:26; 2 Co 13:14). Confesamos esta fe junto con la iglesia de todos los tiempos, según el Credo Niceno.

Cf. 1689, cap. 2.

3. El decreto de Dios y la elección

Creemos que Dios decretó desde la eternidad, por el consejo de su propia voluntad, todo lo que sucede, de modo que no es autor del pecado ni anula la libertad ni la responsabilidad de las criaturas (Ef 1:11; Ro 9:11-18; Stg 1:13). Antes de la fundación del mundo, Dios eligió en Cristo, por pura gracia y no por mérito alguno ni por fe prevista, a un pueblo para vida eterna, para alabanza de su gloriosa gracia (Ef 1:3-6; 2 Ti 1:9; Hch 13:48). Dios dejó a los demás en su pecado para su justa condenación, para alabanza de su justicia (Ro 9:17-22; Jud 4).

Confesamos las doctrinas de la gracia (la depravación total, la elección incondicional, la expiación definida, el llamamiento eficaz y la perseverancia de los santos), tal como las expresan la Confesión de 1689 y los Cánones de Dort, que reconocemos como fieles exposiciones de ellas.

Cf. 1689, cap. 3.

4. La creación y la providencia

Creemos que Dios, por la palabra de su poder, creó de la nada el universo y todo lo que hay en él, visible e invisible, en seis días literales, y que todo era bueno en gran manera (Gn 1:1-2:3; Éx 20:11; Heb 11:3; Col 1:16). Creó al varón y a la mujer, Adán y Eva, personas históricas formadas directamente por Dios, de quienes descienden todos los seres humanos (Gn 1:27; 2:7, 21-22; Hch 17:26). Dios sostiene, dirige y gobierna todas las cosas, desde las mayores hasta las más pequeñas, por su sabia y santa providencia, para la gloria de su nombre y el bien de los suyos (Sal 103:19; Mt 10:29-31; Ro 8:28).

Negamos la evolución como explicación del origen del universo y de la vida.

Cf. 1689, caps. 4 y 5.

5. El ser humano: varón y mujer

Creemos que Dios creó al ser humano, varón y mujer, a su imagen y semejanza, con igual dignidad y valor, distintos y complementarios (Gn 1:26-28; 5:1-2; Mt 19:4). Hay dos géneros, varón y mujer, y cada uno es un don de Dios que corresponde al sexo con que nació la persona. El ser humano fue creado para conocer, amar y glorificar a Dios, y para vivir en comunión con Él (Is 43:7; Ap 4:11).

Negamos que el género sea una construcción social o una elección personal, y que la identidad de género pueda separarse del sexo con que Dios creó a cada persona.

Cf. 1689, cap. 4.

6. La caída y el pecado

Creemos que Adán, creado recto, desobedeció el mandato de Dios y cayó, y que en él cayó toda la humanidad (Gn 3; Ro 5:12-19). Su culpa fue imputada a toda su descendencia, y la naturaleza corrompida se transmite desde la concepción (Sal 51:5; Ef 2:1-3). Por esta caída todo ser humano está corrompido en cada parte de su ser, es esclavo del pecado, culpable ante Dios y bajo la muerte y su justa condenación, e incapaz por sí mismo de hacer algún bien espiritual que acompañe a la salvación o de volverse a Dios (Jn 8:34; Ro 3:10-18; 6:23; 8:7-8; 1 Co 2:14). Solo la obra sobrenatural de Dios, que regenera, salva y redime, libera al hombre de esa esclavitud y lo hace libre para decidir conforme a la voluntad revelada de Dios (Jn 8:36; Ez 36:26-27; Fil 2:13).

Negamos que el hombre caído pueda, por su propia voluntad, volverse a Dios o prepararse para ello.

Cf. 1689, caps. 6 y 9.

7. Cristo, único mediador entre Dios y los hombres

Creemos que el Hijo eterno de Dios, verdadero Dios y de una misma sustancia con el Padre, se hizo hombre sin dejar de ser Dios. Es una sola persona en dos naturalezas, divina y humana, sin confusión, sin mezcla y sin división: la unión hipostática (Jn 1:1, 14; Fil 2:5-8; Col 2:9). Fue concebido por el Espíritu Santo, nació de la virgen María, vivió sin pecado en perfecta obediencia, y murió en la cruz en lugar de los pecadores (Lc 1:35; Heb 4:15; 1 P 2:24). En la cruz canceló nuestro pecado y satisfizo la ira de Dios; nuestro pecado le fue imputado a Él y su justicia nos fue imputada a nosotros, el glorioso intercambio (2 Co 5:21; Ro 5:19). Murió por los elegidos que el Padre le dio (Jn 10:11, 15; Ef 5:25). Resucitó corporalmente al tercer día, ascendió al cielo y está sentado a la diestra del Padre, donde intercede por los suyos (1 Co 15:3-4; Heb 7:25). Es nuestro Profeta, Sacerdote y Rey, y el Mediador de un nuevo pacto (Heb 9:15).

Negamos que haya otro mediador entre Dios y los hombres, sea santo, sacerdote o cualquier otra persona (1 Ti 2:5).

Cf. 1689, cap. 8.

8. El Espíritu Santo

Creemos que el Espíritu Santo es Dios, la tercera persona de la Trinidad, de una misma sustancia con el Padre y el Hijo, y que procede eternamente de ambos (Hch 5:3-4; Jn 15:26; Gá 4:6). Inspiró a los autores de la Escritura e ilumina a los creyentes para entenderla (2 P 1:21; 1 Co 2:12-13). Convence al mundo de pecado, de justicia y de juicio, y nadie cree el evangelio sino por su convicción para arrepentimiento (Jn 16:8-11; 1 Co 12:3). Regenera a los elegidos, mora en cada creyente, lo sella para el día de la redención y lo santifica (Tit 3:5; Ro 8:9, 11; Ef 1:13-14; 4:30). Bautiza a todos los creyentes en un solo cuerpo y reparte los dones a cada uno como Él quiere (1 Co 12:11, 13).

Cf. 1689, caps. 2, 10 y 13.

9. El evangelio y su proclamación

Creemos que el evangelio es la buena noticia de que Jesucristo, el Hijo de Dios, murió por nuestros pecados según las Escrituras, fue sepultado y resucitó al tercer día, y que Dios perdona y justifica a todo el que se arrepiente y cree en Él (1 Co 15:3-4; Hch 20:21; Ro 1:16-17). El evangelio se ofrece sin distinción a todos los hombres, y se manda a todos que se arrepientan y crean (Mr 16:15; Hch 17:30). Es el medio ordinario que Dios usa para llamar a los suyos, y nadie cree su mensaje sino por la obra del Espíritu Santo (Ro 10:14-17; 1 Co 1:18; Jn 6:44). Por eso lo proclamamos con fidelidad y confiamos en Dios para el fruto (1 Co 3:6-7).

Cf. 1689, cap. 20.

10. El llamamiento eficaz, la regeneración, la fe y el arrepentimiento

Creemos que Dios llama eficazmente, por su Palabra y su Espíritu, a todos los que predestinó para vida, sacándolos de las tinieblas a la luz, quitándoles el corazón de piedra y dándoles un corazón de carne, de modo que vienen libremente a Cristo (Ro 8:30; 2 Ti 1:9-10; Ez 36:26-27; Jn 6:37, 44). La regeneración o nuevo nacimiento es obra sobrenatural y soberana de Dios por la cual el hombre, muerto en sus pecados, recibe nueva vida (Jn 3:3-8; Ef 2:4-5; 1 P 1:3, 23). El arrepentimiento para vida y la fe salvadora son dones de Dios y gracias inseparables: el pecador reconoce su pecado, se aparta de él y confía solo en Cristo para su salvación (Ef 2:8-9; Hch 11:18; 2 Ti 2:25; Mr 1:15). Esa fe es verdadera cuando da fruto de obediencia (Stg 2:17; Mt 7:16-20).

Cf. 1689, caps. 10, 14 y 15.

11. La justificación y la adopción

Creemos que Dios justifica gratuitamente a los pecadores que creen en Cristo, no infundiéndoles justicia, sino perdonando sus pecados y declarándolos justos por la justicia perfecta de Cristo, que les es imputada, solo por la fe y aparte de las obras (Ro 3:21-28; 4:5-8; 5:1, 19; Gá 2:16; 2 Co 5:21). Todos los justificados son además adoptados como hijos de Dios: reciben su nombre, su Espíritu de adopción por el cual clamamos Abba, Padre, su cuidado y su herencia (Ro 8:15-17; Gá 4:4-7; Jn 1:12). La adopción tiene una dimensión presente y otra futura: ya somos hijos, y aguardamos la adopción plena, la redención de nuestro cuerpo (Ro 8:23; 1 Jn 3:1-2).

Negamos que la justificación se obtenga o se complete por nuestras obras, ritos o méritos.

Cf. 1689, caps. 11 y 12.

12. La santificación y las buenas obras

Creemos que los regenerados son santificados por la Palabra y el Espíritu: son apartados del dominio del pecado y crecen en santidad, aunque durante esta vida permanece en ellos la lucha entre la carne y el Espíritu (Jn 17:17; 1 Ts 5:23; Ro 6:11-14; 8:13; Gá 5:16-25). Esta santificación es obra de Dios, y demanda nuestro esfuerzo diligente por medio de la oración, la Palabra, la comunión y la obediencia (Fil 2:12-13; 2 P 1:5-8). Las buenas obras, hechas conforme a la Palabra de Dios, no nos justifican, pero son el fruto y la evidencia de una fe viva, y glorifican a Dios (Ef 2:8-10; Stg 2:18; Mt 5:16).

Cf. 1689, caps. 13 y 16.

13. La perseverancia, la seguridad y la glorificación

Creemos que los verdaderamente salvos no pueden perder su salvación: aquellos a quienes Dios ha aceptado en Cristo y santificado por su Espíritu perseverarán hasta el fin, no por su propia fuerza, sino por el poder de Dios y la intercesión de Cristo (Jn 10:27-30; Ro 8:35-39; Fil 1:6; 1 P 1:5). Los que perseveran muestran la realidad de su fe, y quienes abandonan definitivamente la fe muestran que nunca fueron de los nuestros (1 Jn 2:19; Heb 3:14). El creyente puede tener la certeza de su salvación, fundada en las promesas de Dios, en el testimonio del Espíritu y en el fruto de la santidad (1 Jn 5:13; Ro 8:16; 2 P 1:10). Dios completará lo que empezó: glorificará a los que justificó, dándoles un cuerpo glorioso semejante al de Cristo (Ro 8:30; Fil 3:20-21; 1 Jn 3:2).

Cf. 1689, caps. 17 y 18.

14. La iglesia, la membresía y la disciplina

Creemos que la iglesia es el pueblo que Dios redimió por la sangre de Cristo, del cual Él es la única Cabeza (Ef 1:22-23; 5:23-25; Hch 20:28). La iglesia universal está formada por todos los redimidos y se manifiesta en iglesias locales: congregaciones de creyentes bautizados que se reúnen para adorar, edificarse, practicar las ordenanzas y cumplir la misión que Cristo les dio (1 Co 1:2; 12:27; Hch 2:41-47). Cada iglesia local es autónoma, tiene plena potestad bajo Cristo y se relaciona con otras iglesias por comunión y consejo, sin sometimiento a ninguna autoridad humana externa (Mt 18:17-20). Se accede a la membresía por el bautismo. Todos los creyentes son sacerdotes, con acceso directo a Dios por Cristo, y nadie necesita un sacerdote mediador (1 P 2:5, 9; Heb 10:19-22).

La iglesia ejerce la disciplina para corregir el pecado no arrepentido y preservar la unidad de la congregación local. No es punitiva, sino correctiva, y busca la restauración del hermano (Mt 18:15-17; 1 Co 5:1-13; Gá 6:1; 2 Co 2:6-8).

Cf. 1689, caps. 26 y 27.

15. Los oficiales de la iglesia

Creemos que Cristo ha dado a su iglesia dos oficios, el de pastor y el de diácono, y que no hay otros (Fil 1:1; 1 Ti 3:1-13). Los pastores, llamados también obispos o ancianos, son un solo oficio: pastorean la grey con la enseñanza de la Palabra, el cuidado de las almas y el gobierno de la iglesia (Hch 20:17, 28; Tit 1:5-9; 1 P 5:1-3; Heb 13:17). Es un oficio de enseñanza y gobierno, y no de mediación sacerdotal. Procuramos que la iglesia sea guiada por una pluralidad de pastores, forma de gobierno más sana (Hch 14:23; Tit 1:5). Los diáconos sirven a la iglesia en sus necesidades prácticas (Hch 6:1-6). El diaconado y otras áreas de servicio pueden ser ejercidos también por mujeres (Ro 16:1; 1 Ti 3:11).

Negamos que las mujeres puedan ser pastoras o ejercer el gobierno de la iglesia (1 Ti 2:11-14; 3:1-7).

Cf. 1689, cap. 26.

16. Las ordenanzas

Creemos que Cristo instituyó dos ordenanzas para su iglesia, el bautismo y la Cena del Señor, que se observan hasta que Él venga. No son ritos que confieran gracia por sí mismos ni nos salvan: son símbolos visibles del evangelio y actos de obediencia de quienes ya han sido salvados (Mt 28:19-20; 1 Co 11:23-26).

El bautismo es la inmersión en agua, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, de quienes profesan arrepentimiento y fe en Cristo. Representa la muerte, la sepultura y la resurrección con Cristo, se administra en la iglesia local y es la puerta de entrada a la membresía y a la Cena (Ro 6:3-5; Col 2:12; Hch 2:41; 8:36-38).

La Cena del Señor es el pan y la copa que el Señor instituyó la noche en que fue entregado: memorial y proclamación de su muerte hasta que Él venga, y comunión con Cristo y entre los creyentes (1 Co 10:16-17; 11:23-26). Los elementos siguen siendo pan y vino; Cristo está presente espiritualmente, por el Espíritu Santo y para la fe de quienes los reciben. Participan los creyentes bautizados, sean o no miembros de esta congregación, que estén en buena relación con su iglesia y se hayan examinado a sí mismos (1 Co 11:27-29).

Negamos el bautismo de infantes, la transubstanciación y que la Cena sea un nuevo sacrificio de Cristo (Heb 10:10-14).

Cf. 1689, caps. 28 a 30.

17. El matrimonio, la familia, la sexualidad y la vida

Creemos que el matrimonio fue instituido por Dios en la creación como la unión de un varón y una mujer, y que es un pacto para toda la vida (Gn 2:24; Mt 19:4-6; Mal 2:14-16). El matrimonio se contrae mediante la unión civil ante el magistrado: sin ella no hay matrimonio (Ro 13:1-7). Esposo y esposa son iguales en dignidad y complementarios en sus roles: el esposo es cabeza de su esposa, como Cristo es cabeza del varón, y ejerce esa autoridad con amor sacrificial, como Cristo amó a su iglesia; la esposa se sujeta a su esposo (1 Co 11:3; Ef 5:22-33; 1 P 3:1-7). La sexualidad es un don de Dios reservado al matrimonio entre un varón y una mujer; toda relación sexual fuera de él es inmoralidad (Heb 13:4; 1 Co 6:18-20). Por ser el matrimonio un pacto, procuramos su permanencia y la reconciliación cuando hay ruptura, y extendemos gracia a los quebrantados (Mr 10:9; 1 Co 7:10-16). La vida humana es sagrada desde la concepción hasta la muerte natural, porque el ser humano es imagen de Dios (Gn 1:27; 9:6; Sal 139:13-16).

Negamos que dos personas del mismo sexo puedan contraer matrimonio, y rechazamos el aborto provocado, la eutanasia y el suicidio asistido.

Cf. 1689, cap. 25.

18. La misión de la iglesia

Creemos que la misión que Cristo encomendó a su iglesia es hacer discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a obedecer todo lo que Él mandó (Mt 28:18-20). El discípulo es quien oye el evangelio, se arrepiente, cree en Cristo, se bautiza, se une a la iglesia local y es instruido en la Palabra para crecer en obediencia (Hch 2:41-42; 2 Ti 2:2). Proclamamos el evangelio a todos y confiamos en que Dios da el crecimiento (1 Co 3:6-7).

Negamos que una profesión superficial de fe, como pasar al frente o levantar la mano, sea evidencia suficiente de conversión. Procuramos una profesión creíble, con arrepentimiento genuino, y por eso instruimos con cuidado a quienes desean bautizarse y unirse a la iglesia, para que cuenten el costo (Lc 14:28-30; Mt 7:21-23).

Cf. 1689, caps. 20 y 26.

19. La resurrección, el regreso de Cristo, el juicio y el destino eterno

Creemos que Jesucristo volverá de manera personal, visible, corporal y gloriosa (Hch 1:11; 1 Ts 4:16; Tit 2:13; Ap 1:7). Habrá resurrección de los muertos, de los justos para vida y de los injustos para juicio (Jn 5:28-29; Hch 24:15), y todos comparecerán ante Dios, que juzgará con justicia por medio de Jesucristo (Ro 14:10-12; 2 Co 5:10). Los que no han creído sufrirán castigo eterno en el lago de fuego, un estado consciente de sufrimiento y de separación eterna de Dios (Mt 25:41, 46; 2 Ts 1:7-9; Ap 21:8). Los creyentes vivirán para siempre con Dios en los cielos nuevos y la tierra nueva, donde habita la justicia (2 P 3:13; Ap 21:1-4; 22:3-5).

Negamos el aniquilacionismo.

Cf. 1689, caps. 31 y 32.


Parte II. Posiciones pastorales de enseñanza

Las siguientes posiciones expresan lo que se enseña en nuestra congregación. Son posiciones de enseñanza pastoral y no condición de membresía.

Los dones espirituales

Enseñamos que los dones espirituales son capacidades sobrenaturales que el Espíritu Santo reparte a cada creyente como Él quiere, para servir a la iglesia y glorificar a Dios por medio de Jesucristo (1 Co 12:7, 11; 1 P 4:10-11).

Enseñamos el cesacionismo. Los dones temporales, reveladores y fundantes (apóstol, profeta, milagros, sanidad, lenguas, interpretación de lenguas, conocimiento y discernimiento de espíritus) cumplieron su función de establecer el fundamento de la iglesia y de autenticar a los mensajeros de Dios, y cesaron al completarse la revelación escrita (Ef 2:20; Heb 2:3-4; 1 Co 13:8-10). Dios sigue obrando de manera soberana, también sanando, en respuesta a la oración (Stg 5:14-15), pero no mediante personas que posean esos dones.

Los dones permanentes, edificantes y de servicio (maestro y pastor, evangelista, ayuda, administración, sabiduría, fe, servicio, exhortación, dar y misericordia) continúan hasta que Cristo venga por su iglesia (Ro 12:6-8; 1 Co 12:28; Ef 4:11). Todo creyente es llamado a identificar su don, a contentarse con él, a ejercitarlo y a utilizarlo para servir a los demás.

Divorcio y nuevo casamiento

Enseñamos que Dios diseñó el matrimonio para toda la vida, y que mientras ambos cónyuges viven es indisoluble en su designio (Mr 10:9). Cuando hay separación entre creyentes, procuramos la reconciliación (1 Co 7:10-11). El creyente casado con un incrédulo que consiente en vivir con él no lo abandona; si el incrédulo se separa, el creyente no está obligado, y Dios nos ha llamado a vivir en paz (1 Co 7:12-16).

Creemos, conforme a la Confesión de Westminster, que la inmoralidad sexual y la deserción voluntaria e irremediable pueden constituir verdaderas rupturas del pacto, y que en esos casos la parte inocente queda libre para casarse de nuevo en el Señor (Mt 19:9; 1 Co 7:15). Reconocemos que hermanos fieles a la Escritura entienden estos textos de manera más restrictiva, y no hacemos de esta cuestión una prueba de ortodoxia. Quien llega a Cristo ya en un segundo matrimonio no debe disolverlo para reparar el anterior. Aplicamos esta posición con coherencia y con gracia, porque Cristo murió por adúlteros, divorciados y abandonados.

Las últimas cosas

Enseñamos el dispensacionalismo premilenial y pretribulacional. La iglesia es el pueblo de Dios en la presente dispensación, y es distinta de Israel, la nación a la que Dios cumplirá sus promesas durante el milenio (Ro 11:25-29; Ap 20:1-6).

Vivimos hoy entre la semana sesenta y nueve y la semana setenta de Daniel 9. La semana setenta es la Gran Tribulación, por la que la iglesia no pasará, porque será arrebatada antes (Dn 9:24-27; 1 Ts 4:16-17; 5:9; Ap 3:10). En el arrebatamiento resucitarán los creyentes muertos, y todos los creyentes comparecerán después ante el tribunal de Cristo (1 Co 15:51-52; 2 Co 5:10).

Tras las Bodas del Cordero en el cielo, Cristo volverá a la tierra con su iglesia y reinará mil años literales (Ap 19:7-16; 20:4-6). Después del milenio, los no creyentes serán juzgados ante el Gran Trono Blanco y echados al lago de fuego, que hoy está vacío (Ap 20:11-15).

Hasta la resurrección, las almas de los creyentes que han muerto están con Cristo en el Paraíso, y las de los no creyentes, en el Hades, en espera del juicio (Lc 16:22-26; 23:43; 2 Co 5:8; Fil 1:23).

La teología del pacto

CCLL no profesa explícitamente la teología del pacto como método de interpretación, pero no objeta que se enseñe. Confesamos que Cristo es el Mediador de un nuevo pacto (Heb 8:6; 9:15; 12:24).


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